20.3.12

De chocolate y lecturas que dejan buen sabor de boca

La semana pasada fui al Museo del Chocolate de Barcelona, a una charla narrada por Teresa Duran, profesora, escritora, traductora (¡de los Cuentos por teléfono de Rodari en catalán!), dedicada a la literatura infantil y juvenil, Creu de Sant Jordi del año 2007... en definitiva, una buena apasionada de lo lijero.
¡Buen provecho! Apuntes de una literatura muy poco dietética
Así es como se llamaba, y me picó la curiosidad cuando vi la página web de mi universidad. Las ansias de chocolate también. Así que me inscribí, el día concreto fui, me quedé y me maravillé.
A través de una serie de diapositivas, se enseñó cómo la comida salada y los dulces propios habían entrado en los cuentos, no así el chocolate. Cuando llegó el chocolate y se asentó, la literatura ya tenía un nombre y una pluma, y no era anónima y recorría las casas.
Sin embargo, había festines en El Cascanueces y el Rey Ratón...

De lo desconocido se pasó a lo conocido. A los hermanos Grimm, sí, esos que se dedicaron a la lingüística y al folklore, con unos niños y una casa llena de chucherías; Perrault, aquel cuya niña de caperuza roja llevaba miel para la abuela, que era lo que tenía estar pasando un señor catarro... y ya, menos recopiladores, los autores propios. Como, por ejemplo, el genial Lewis Carroll.
...Y, muy ingleses eran los de aquella mesa loca, que tomaban el té.
Tras tocar grandes obras de la literatura, ahora sí, llegó el momento del chocolate, con el gran Roald Dahl, y sus fábricas y los oompa-loompas, con sus niños desafiantes que se comían grandes pasteles, llegando a un dolor muy, muy placentero y dulce.
Nunca jamás dejéis que os rete una directora como la señorita Trunchbull, y menos con un pastel cuya receta podría ser esta...
"Taste it, you little brat," the Trunchbull said. "You're insulting the cook."
Finalmente, se pasó este corto de Disney, delirante, dulce y con algunos rasgos de la situación histórica del momento (¡fijaos en los sachertorte!). Señoras y señores, hete aquí The Cookie Carnival («El Carnaval de las Galletas»), de 1935.


La tarde acabó con un chocolate caliente y unos bizcochos de soletilla (siempre serán melindros para mí). Tan ricos, tan ricos, que no quedó ni uno.

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Y pasa, pasa, que al té invita la casa. :)

Piiiiip).